Una educación más amplia y elevada
By
David Hernández
TEXTOS CLAVE
Génesis 1:27, NVI. “Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios”.
Gálatas 4:19, NVI. “Queridos hijos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ustedes”.
Lee Lucas 2:52. ¿Qué cuatro dimensiones del crecimiento de Jesús se mencionan en este pasaje?
Jesús fue el ser humano perfecto, y su crecimiento abarcó todas las dimensiones básicas de la existencia humana. Según Lucas 2:52, “Jesús crecía en sabiduría [mental] y en estatura [física], y en gracia para con Dios [espiritual] y los hombres [social]”. “Su mente era vivaz y aguda, con una reflexión y una sabiduría que superaban a sus años. Sin embargo, su carácter era de hermosa simetría. Las facultades de su intelecto y de su cuerpo se desarrollaban gradualmente, en armonía con las leyes de la niñez.
“Durante su infancia, Jesús manifestó una disposición especialmente amable. Sus manos voluntarias estaban siempre listas para servir a otros. Manifestaba una paciencia que nada podía perturbar, y una veracidad que nunca sacrificaba la integridad. En los principios era firme como una roca, y su vida revelaba la gracia de una cortesía desinteresada” (DTG, 51- 52).
RESUMEN
Educar es redimir, porque tanto la educación como la redención tienen como propósito “restaurar en el hombre la imagen de su Hacedor, devolverlo a la perfección con que había sido creado” (La educación, versión online).
INTRODUCCIÓN
¿Qué es la educación adventista? ¿Qué implica? ¿Cuál es su propósito? ¿Por qué es importante?
¿Sucede la educación adventista solo en las aulas de un colegio o universidad? ¿Cuál es el papel de la iglesia y el hogar en ella? ¿Es bíblica la filosofía de la educación adventista?
No sé si te has hecho estas preguntas o algunas semejantes. Pero tengo la sospecha que cuando hablamos de educación adventista pensamos exclusivamente en las escuelas. Y aunque no es del todo errado, los colegios adventistas conforman solo una parte de los agentes que actúan en lo que los adventistas conocemos como la “verdadera educación”. De hecho, las respuestas que tengamos a estas y otras preguntas relacionadas, marcarán una diferencia enorme en nuestra actitud, y aún más en lo que hacemos o dejamos de hacer, en favor de la educación adventista.
Pues bien, hagamos un repaso básico de la filosofía de la educación adventista, basándonos en su verdadera y única fuente: La Biblia.
Además, citaremos tres gemas de Elena de White.
Y para finalizar, les invitaré a asumir un compromiso mayor hacia la “verdadera educación”, apoyándola en cualquiera de sus agentes: el hogar, la iglesia y la escuela.
Entonces, ¿qué es la educación adventista y por qué es importante? “A fin de comprender qué abarca la obra de la educación, necesitamos considerar… La naturaleza del hombre y el propósito
de Dios al crearlo… El cambió que sufrió la humanidad cuando se introdujo el mal…. Y el plan de Dios para cumplir, a pesar de todo, su propósito” (La educación, versión online)
I. LA NATURALEZA DEL HOMBRE Y EL PROPÓSITO DE DIOS AL CREARLO
De acuerdo con los escritos sagrados, la humanidad tuvo su origen cuando Dios decidió formarlos del polvo de la tierra.
Leemos en Génesis 1:26-28. “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y; multiplicaos llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra”.
Hay mucho que destacar de este texto, pero en esta ocasión quisiera que destaquemos solo tres puntos, para los propósitos de este sermón. En primer lugar, el texto habla del origen del hombre.
Dios lo creó. En segundo lugar, el texto bíblico nos explica la naturaleza original del hombre: Fue creado a “imagen y semejanza de Dios”, lo que implica, dentro de varias cosas, una creación especial y única, a diferencia del resto de los seres que ha formado en los días anteriores. Noten que cuando Dios piensa en crear al ser humano, en realidad está pensando en dos personas: Adán y Eva, ambos reflejan la imagen de Dios. Y en tercer lugar, el pasaje que hemos leído nos refiere al propósito de Dios al crear al hombre. Veamos esto de manera más detallada.
A. EL ORIGEN Y LA NATURALEZA DEL HOMBRE
El hombre no surgió de la casualidad, como hoy parece creer la mayoría de las personas. Más bien, es producto de un Dios amoroso que planeó crearlo. Estaba dentro de su plan de siete días para crear al mundo. En la educación adventista ha de tomarse en cuenta este hecho: el origen del hombre está en Dios. De modo que sus fines, planes y demás, deben estar fundados en él y en su Palabra. Él sabe lo que es mejor para la verdadera educación del hombre.
Dicho sea de paso, aquí cabe señalar que debido a que Dios es el origen de todas las cosas y de todo el conocimiento, el hombre puede conocer a Dios cuando, ayudado por su Palabra, se acerca a la investigación de la naturaleza. Encuentra escrito en cada elemento de ella el nombre de Dios.
Si Dios es el origen de lo que hay en la naturaleza, entonces cualquier asignatura o enseñanza que el alumno o el hijo recibe debe tomar en cuenta a Dios. Dios en las ciencias naturales, Dios en las matemáticas, Dios en las bellas artes. Dios en la formación cívica y ética.
Si usted le enseña a su hijo a amar, la razón es porque Dios nos ama; si le enseña a ser íntegro, es porque Dios es íntegro. Cualquier valor, enseñanza o asignatura, debe considerar a Dios. Dios en el hogar, en la iglesia y en la escuela. Ciertamente, esto sucede en nuestros colegios, no así en otras instituciones cuya filosofía no emana de los escritos sagrados como el que estamos analizando hoy.
Regresando al texto bíblico, dijimos que el segundo aspecto que enfatizaríamos tiene que ver con la naturaleza del hombre. Dios lo formó a su “imagen y semejanza” (Gén. 1:26, 27), en otras palabras, las características del ser humano han sido dadas por Dios.
Cuando el ser humano decidió desobedecer a Dios perdió todo. El pecado vino a afectar su relación con Dios, consigo mismo y con sus semejantes.
“Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos…” (v. 6 up.),
“…se escondieron de la presencia de Jehová Dios” (v. 8), “Oí tu voz en el huerto y tuve miedo”.
Todas estas expresiones de la Biblia narran cómo el ser humano desde aquel momento se vio separado de Dios. Desprovisto de su protección a causa de su estado de pecado. Pablo lo expresa así: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).
Ahora en lugar de estar en armonía con su Creador, tenía miedo de él. Su gozo en servir a Dios y a los demás se tornó en orgullo y egoísmo. Vemos estos efectos casi inmediatamente cuando unos a otros se acusan a fin de salvarse a sí mismos de la culpa. Atrás había quedado el gozo de “dar, más que recibir”.
La naturaleza misma se vio afectada desde aquel momento cuando un cordero fue sacrificado en su lugar y los cardos hicieron su aparición. “Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (Romanos 8:22).
La imagen de Dios en el hombre comenzó a verse afectada. El hombre empezó a reflejar el estado de pecado en el que estaba, antes que la gloria de su Creador. “El pecado mancilló y casi borró la imagen divina” en el hombre (Ed. 15). Todas sus facultades comenzaron a debilitarse.
Elena de White menciona: “Sus facultades físicas se debilitaron, su capacidad mental disminuyó, su visión espiritual se oscureció”.
Vemos que después del diluvio la tasa de longevidad comenzó a descender dramáticamente (comparar Génesis 5 con Génesis 11; ver Génesis 6:3). Moisés confiesa la molestia de ver cómo el cuerpo se va gastando con el paso de los años (Salmos 90:9-10). ¡Nada de eso esperaba Dios que sucediera! ¡No era su plan para el hombre!
Por otro lado, la Biblia describe la naturaleza mental y espiritual del hombre al decir: “el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:14). ¡El pecado ha oscurecido la visión espiritual del hombre! ¡Atrás quedaron los años en los que gozaba de una relación directa y placentera, donde Dios mismo era su maestro, y el mayor gozo del hombre era conocerle y servirle más y más!
Nuestra sociedad fue descrita por Pablo con estas palabras: “hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios…” (2 Timoteo 3:2-4). ¡Está no es la imagen de Dios! ¡Este no es el ser humano descrito en Génesis 1:26 y 27! Esta imagen es del enemigo, el autor de la desgracia del hombre: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer” (Juan 8:44).
“Separados de mí, nada podéis hacer…”: La desgracia de la condición del hombre.
Estando solo, el escenario del hombre es sombrío y desesperanzador. Una desgracia aparentemente inevitable. “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Ro. 7:24) exclamó Pablo al darse cuenta que por sí mismo no podía cambiar.
Y es que, todos los que aquí estamos sabemos que “estando en nuestros pecados y delitos, ¡Estamos muertos!” (Efesios 2:1). “Porque la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).
Entonces, ¿Quién nos librará de este cuerpo de muerte? ¡Es evidente que no podemos cambiar!
“¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?” (Jeremías 13:23).
“Porque mi pueblo es necio, no me conoce; hijos torpes son, no son inteligentes. Astutos son para hacer el mal, pero hacer el bien no saben” (Jeremías 4:22).
De modo que, separados de Dios, estamos en camino a una degradación más y más profunda.
Una degradación total (2 Timoteo 3:13). “El pecado mancilló y casi borró la imagen divina. Sus facultades físicas se debilitaron, su capacidad mental disminuyó, su visión espiritual se oscureció. Quedó sujeto a la muerte” (Ed, 15).
Y es aquí, en este punto sombrío y desesperanzador del escenario del hombre, en el que la luz de la obra de la redención y la educación, alcanzan su mayor brillo. “No obstante, la humanidad no fue dejada sin esperanza. Con infinito amor y misericordia había diseñado el plan de salvación y se le otorgó una vida de prueba” (Ed, 15).
III. EDUCAR ES REDIMIR: EL PLAN DE DIOS PARA CUMPLIR SU PROPÓSITO
“Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro”: La obra de la redención.
A fin de rescatar al hombre y darle vida, Dios en su infinito amor “dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él crea, no se pierda, si no que tenga vida eterna” (Juan 3:16). ¡No lo merecíamos! Pero “en él, nos dio vida, cuando ya estábamos muertos en nuestros delitos y pecados” (Efesios 2:1).
¡Gracias a él, “fuimos rescatados de nuestra vana manera de vivir que recibimos de nuestros padres, no con cosas corruptibles como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”! (1 Pedro 1:18, 19). ¡Fuimos rescatados de nuestra condenación!
A. REDENCIÓN, EDUCACIÓN Y RESTAURACIÓN
Al aceptarle como nuestro único y suficiente salvador, crucificamos el viejo hombre, “juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado”
(Romanos 6:6). ¡Hemos renunciado al pecado, aunque seguimos luchando con él! ¡Pero ya no reina en nuestros corazones, ahora lo hace Cristo! ¡Deseamos manifestar su imagen en nosotros! ¡Hemos sido rescatados para ser cómo él! (1 Pedro 1:14-16).
Él entonces comienza una restauración de su imagen en nosotros. Primero a través de su Espíritu Santo: “tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo… Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Mas el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque conforme a la voluntad de Dios intercede por los santos” (Romanos 8: 26-27).
“Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de; vosotros y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ezequiel 36:25-27).
¡No podemos cambiar por nosotros mismos, pero al entregarnos a él, él lo hace posible a través de su Espíritu!
En segundo lugar, Dios nos transforma a través de su Palabra. Noten que en 2 Timoteo 3, después de describir los caracteres de los hombres en los últimos días, Pablo le dice a Timoteo que él puede ser diferente a ellos si “persiste en lo que ha aprendido y te persuadiste” (v. 14). “…has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (v.15).
Noten el impacto de las Escrituras en el carácter del hombre, descrito en los siguientes versículos:
“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (vv. 16 y 17). ¡Las Escrituras pueden transformar al hombre! “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).
De modo que Dios en Jesús, por medio de su Espíritu y su Palabra, transforma al hombre.
Restaura en él su imagen. Se trata de una restauración total, que implica todo el ser del hombre: Espíritu, alma y cuerpo (1 Tesalonicenses 5:23).
Elena G. White resume lo que hemos dicho aquí, así: “La obra de la redención debía restaurar en el hombre la imagen de su Hacedor, devolverlo a la perfección con que había sido creado, promover el desarrollo del cuerpo, la mente y el alma, a fin de que se llevara a cabo el propósito divino para el cual los seres humanos habíamos sido creados. Este es el objetivo de la educación, el gran propósito de la vida” (La educación, versión online).
Dios no ha cambiado su propósito para el hombre, desea que manifieste su gloria. Que sus facultades, aunque embotadas por el pecado, restauradas por su Espíritu, crezcan y aumenten para honra y gloria de su nombre. Dios desea el desarrollo completo del hombre… ¡Una restauración total! Y este es el propósito de la educación: Redimir y restaurar al hombre. Que Cristo, ejemplo y modelo del hombre restaurado, “se forme en vosotros” (Gálatas 4:19). Ser como Jesús, poseer su carácter, tal es el modelo y el objetivo de la vida.
B. UNA EDUCACIÓN MÁS AMPLIA
Todo lo anterior nos lleva a una ineludible conclusión: “Nuestro concepto de la educación tiene un alcance demasiado limitado y estrecho. Es necesario que tenga una mayor amplitud y un fin más elevado” (Ed. 13). Si la educación tiene una relación estrecha con la salvación, entonces:
“La verdadera educación significa más que la prosecución de un determinado curso de estudio.
Significa más que una preparación para la vida actual”. El concepto divino de educación no concluye cuando el alumno termine un currículo de materias para pasar al siguiente grado o concluya una carrera. La educación que Dios tiene planeada para nosotros no se limita a que tener una profesión u oficio para solventar los gastos de la vida. La educación adventista mira más allá de este mundo. En realidad, “abarca todo el ser y toda la vida del ser humano”.
Inicia cuando ese pequeño e indefenso niño nace en el seno del hogar. Implica que los primeros y más importantes educadores son los padres. A ellos corresponden las primeras lecciones de vida, la educación de un carácter semejante al de Cristo. Los niños llegan como herencia de Dios (Salmos 127:3), es responsabilidad de la familia ayudarles a crecer en todos los sentidos. A los padres toca conectara ese niño o niña con Dios para que su imagen se forme en él. Sientan las bases sobre las cuales se construirán los demás estadios de su educación. ¡Cuán importante es esta etapa!
¡Con cuanto celo los hogares de nuestra iglesia deben tener un programa de educación para sus hijos que implique todas sus facultades: físicas, mentales y espirituales! ¡Ahí comienza la redención del hombre!
Pero la educación no termina cuando te vas de casa, formas tu propia familia o te gradúas de la universidad. La educación, la verdadera educación que busca restaurar la imagen de Cristo en ti, tomará toda tu vida. ¡Nunca te gradúas! Siempre hay nuevas alturas mentales, morales y espirituales que alcanzar. ¡Hasta que Cristo se forme en ti!
Por eso es que involucra además de la familia, a la iglesia. Esta iglesia local tiene dos misiones que cumplir: Colaborar con Dios en alcanzar a las almas y convertirlas en discípulos de Cristo. Esa es una misión hacia afuera. Pero una vez que llegan al seno de la iglesia, que representa el cuerpo de Cristo, es misión de esta iglesia local, de cada uno de sus miembros y líderes, ayudar a los demás para que sigan creciendo y en todos los aspectos de su vida: Emocional, social, intelectual y espiritual, crezcan y representen a Jesús. Por eso es que la obra de la salvación de las almas no termina cuando se bautizan, apenas empieza un periodo de educación.
A fin de que su iglesia cumpla con ambas misiones; Dios la ha capacitado con dones espirituales (Efesios 4:11-13). Juntos, ejerciendo los dones que han recibido, ayudan a la iglesia en la salvación y redención de las almas, que como hemos visto, redimir es educar. Al ejecutar mis dones, yo mismo me veo beneficiado porque crezco espiritualmente, colaboro con la misión a través del ministerio que Dios me ha dado, y lo que es más, ayudo a mi iglesia –los miembros- a crecer y edificarse para que Cristo se forme en todos. “Hasta alcanzar la madurez y la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13).
A modo de ejemplo, debemos mencionar que la iglesia educa en sus cultos, en sus clubes juveniles, en los departamentos de ministerio infantil y del adolescente, con el departamento de Escuela Sabática, con el departamento de Mayordomía… Cada una de sus partes debe trabajar para restaurar en el miembro la imagen de Cristo.
Y finalmente la verdadera educación, también incluye la escuela, que junto con la iglesia, construye sobre la base colocada por el hogar. Ambas constituyen un apoyo a la educación iniciada en la familia. No la sustituye. Sigue siendo responsabilidad de los padres el desarrollo armonioso de sus hijos. Y dicho sea de paso, la escuela adventista debe buscar el desarrollo armonioso de sus alumnos, conectarlos con Dios y restaurar en ellos su imagen. ¡Aun con sus posibles deficiencias, en los colegios adventistas se imparte una educación que redime! ¡Más amplia y elevada que cualquier sistema educativo! ¡No tiene comparación, porque se sienta en el conocimiento de Dios! ¡Eso no sucede en las aulas de una institución no adventista! ¡Nuestras escuelas buscan salvar! ¡Es más que un programa de estudios!
Ahora, la verdadera educación “es el desarrollo armonioso de las facultades físicas, mentales y espirituales”. Este programa integral debe estar presente en la familia, desde luego, pero además en la iglesia y en la escuela. Todas contribuyen a este desarrollo.
Y finalmente, la educación que redime, “prepara al estudiante para el gozo de servir en este mundo, y para un gozo superior proporcionado por un servicio más amplio en el mundo venidero”, ¡tal es el resultado de la educación cristiana! ¡El servicio abnegado! ¡Servir como Cristo sirvió! ¡El propósito original de Dios es alcanzado por la educación! Ese propósito de “señorear”, de vivir y servir a toda la creación y a Dios reflejando así su imagen. Un servicio despertado por el conocimiento de Dios al relacionarse con él a través de su palabra y el estudio de su creación.
Con razón Elena G. White dice que “a fin de devolver a la perfección con que había sido creado” el hombre, “a fin de que se llevara a cabo el propósito divino para el cual habíamos sido creados”
Dios diseño un plan de salvación/educación. A ese plan le llamamos, educación adventista.
IV. CONCLUSIÓN
Entonces… ¿Qué es la educación adventista? ¿Qué implica? ¿Cuál es su propósito? ¿Por qué es importante? ¿Sucede la educación adventista solo en las aulas de un colegio o universidad? ¿Cuál es el rol de la iglesia y el hogar en ella? ¿Es el concepto o filosofía de la educación adventista bíblico?
La educación adventista, que debe acontecer en casa, en la iglesia y la escuela, restaura en ti la imagen de tu Hacedor, busca, a través del Espíritu Santo y las Sagradas Escrituras, devolverte a la perfección con que habías sido creado, promueve el desarrollo armonioso de tu cuerpo, mente y alma, a fin de que se lleve a cabo en ti el propósito divino para el cual has sido creado. Te prepara para que reflejes la imagen de Dios y goces sirviendo en este mundo, y un gozo superior proporcionado por un servicio más amplio en el mundo venidero.
V. LLAMADO
¿No te parece que un concepto tan elevado de educación es digno de alabar a Dios? ¡Amén!
¿No te parece que un concepto tan amplio y elevado de educación merece nuestro apoyo y compromiso en el hogar, la iglesia y la escuela?
¿No te gustaría que tú y tus hijos aprovecharan al máximo en casa, iglesia y escuela una educación que salva y redime?
Tal vez sea el momento de venir al frente y agradecer a Dios por una educación tan elevada, y rogarle los medios para que tú y tus hijos la disfruten en casa, en la iglesia y en la escuela. Eso involucra que como padre te comprometas a fomentarla en casa; involucra que como líder de iglesia te comprometas a velar por esta educación en esta iglesia; e involucra que como padre y líder, sigas apoyando la educación adventista en el colegio local, inscribas a tus hijos, apoyes a sus maestros, y con tus recursos e influencias, promuevas una educación tan amplia y elevada. Ven al frente para orar, agradecer a Dios y hacer ese compromiso con él.
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