Teología de la educación adventista con enfoque a la creación, caída, recreación y restauración
Dr. Tito Goicochea-Malaver
Coordinador de Área del Núcleo Estratégico Educacional de la DSA, tito.goicochea@upeu.edu.pe
¿Por qué es esencial, hoy, mirar la Teología de la EA?
Corrientes como el humanismo, el constructivismo, el socioconstructivismo, el posmodernismo, el secularismo y las redes sociales ejercen una fuerte presión sobre la EA. (Apocalipsis 12:17).
El modelo educativo adventista encuentra su fundamento en la sólida base de un "Así dice Jehová". Como se declara en 2 Crónicas 20:20, "¡Creed en Jehová vuestro Dios, y estaréis seguros! ¡Creed a sus profetas y seréis prosperados!". Esta convicción es el cimiento sobre el cual se construye toda la teología, filosofía y práctica de la educación adventista.
Partiendo de una comprensión de la teología como el estudio o la ciencia de Dios, Erickson (2013) profundiza esta definición, expresando que la teología es una disciplina que busca articular de manera coherente las doctrinas de la fe cristiana, basadas a la luz de las Escrituras, situadas en un contexto cultural general, expresadas en un lenguaje contemporáneo y relacionadas con los asuntos de la vida. Desde esta perspectiva, la Iglesia Adventista del Séptimo Día (IASD) ha sistematizado sus doctrinas en 28 creencias fundamentales, agrupadas en seis categorías principales: Dios, el ser humano, la salvación, la iglesia, la vida cristiana diaria y los acontecimientos de los últimos días (restauración) (Handbook of Seventh-Day Adventist Theology, 2000).
A través de un análisis detallado de los conceptos de creación, caída, redención y restauración desarrollaremos las 6 doctrinas fundamentales de la IASD. Exploraremos cómo estas doctrinas fundamentales dan forma y sustento a la educación adventista. Comenzando con el propósito original de Dios para la humanidad en la creación, examinaremos el impacto del pecado en la naturaleza humana y el plan divino para restaurar esa relación a través de la obra redentora de Cristo. Finalmente, consideraremos la promesa de una restauración completa en la nueva creación, donde el modelo educativo edénico será restablecido.
1. CREACIÓN
¿Cuál el modelo educativo para el ser humano instituido por Dios al principio del mundo?
1.1. La educación adventista reconoce a Dios como el Creador y Sustentador del universo.
La educación adventista se fundamenta en la creencia de que Dios es el Creador y Sustentador del universo, una verdad establecida desde el primer versículo de la Biblia: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra" (Génesis 1:1). Numerosos pasajes bíblicos respaldan esta doctrina, enfatizando el poder de la palabra de Dios en la creación (Salmos 33:6, 9) y su autoridad sobre todo lo creado (Salmos 102:25, Isaías 45:12, Jeremías 10:12). Además, las Escrituras revelan el papel central de Cristo en la creación (Colosenses 1:16-17, Juan 1:3), presentándolo como el agente activo y el sustentador de todas las cosas. La educación adventista reconoce a Dios como la fuente de "toda buena dádiva y todo don perfecto" (Santiago 1:17) y busca guiar a los estudiantes a una relación más profunda con el Creador y con Cristo, en quien "en ningún otro hay salvación" (Hechos 4:12).
La doctrina de Dios como Creador y Sustentador tiene implicaciones significativas para la educación adventista. La creación misma da testimonio de los atributos divinos, como lo expresa el Salmo 19:1: "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos". El estudio de diversas disciplinas académicas puede revelar la grandeza de Dios y su diseño inteligente. La educación adventista busca integrar la fe y el aprendizaje, reconociendo a Dios como la fuente última de todo conocimiento y verdad (Proverbios 2:6, Colosenses 2:3), fomentando en los estudiantes una actitud de confianza en la providencia divina y una responsabilidad de mayordomía sobre la creación, pues "de Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan" (Salmo 24:1).
1.2. La revelación de Dios a través de la naturaleza, las Escrituras y el ministerio de Cristo como fundamento de la educación.
La educación adventista se fundamenta en la revelación de Dios a través de tres medios principales: la naturaleza, las Escrituras y el ministerio de Cristo.
En primer lugar, la naturaleza actúa como un testimonio visible del poder y la divinidad de Dios, como lo expresa Romanos 1:20: "Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa". Al estudiar y apreciar la creación, los estudiantes obtienen una comprensión más profunda del Creador (Job 38-41, Salmos 8:3-4), reconociendo que "de Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan" (Salmo 24:1).
En segundo lugar, las Escrituras sirven como la revelación escrita de Dios, proporcionando un fundamento sólido para la educación adventista. "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia" (2 Timoteo 3:16). A través de la Palabra, los estudiantes adquieren conocimiento de la voluntad y el carácter de Dios, así como principios para una vida piadosa (Deuteronomio 6:6-9, Josué 1:8, Salmos 119:9-11).
En tercer lugar, el ministerio de Cristo sirve como la revelación suprema de Dios, pues "en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo" (Hebreos 1:1-2). Al contemplar la persona de Cristo, los estudiantes obtienen una revelación perfecta del amor y la gracia de Dios (Juan 1:14, 17:3, 2 Corintios 4:6), siendo guiados a una relación personal con el Salvador, en quien "en ningún otro hay salvación" (Hechos 4:12).
Mediante las Escrituras interpretamos la naturaleza y accedemos a la revelación de Dios en Jesucristo permitiendo tener una relación íntima con él. Sin la luz de la Biblia, la naturaleza puede ser interpretada erróneamente y sin ella no podemos tener una relación con Cristo.
1.3. La educación como medio para comprender el carácter y los atributos de Dios.
La educación adventista tiene como objetivo fundamental llevar a los estudiantes a una comprensión más profunda del carácter y los atributos de Dios. Las Escrituras enfatizan la importancia de conocer a Dios, como lo expresa Jeremías 9:23-24: "No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra". Otros pasajes, como Oseas 6:6, donde Dios declara: "Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos", Juan 17:3, en el que Jesús afirma: "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado", y Filipenses 3:8, donde Pablo considera todas las cosas como pérdida "por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús", refuerzan la primacía del conocimiento de Dios. Se busca guiar a los estudiantes a una relación salvífica con Dios, reconociendo que "el temor de Jehová es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia" (Proverbios 9:10).
Pasajes como Éxodo 34:6-7, Nehemías 9:17, Salmos 86:15 y 103:8 revelan la compasión, la paciencia, la gracia y el perdón de Dios, mientras que textos como Isaías 40:28, Salmos 90:2, 147:5 y 1 Timoteo 1:17 destacan su eternidad, poder y sabiduría infinitos de Dios. Comprender el carácter de Dios tiene implicaciones significativas para la vida y la educación, pues lleva a una adoración más profunda y genuina (Salmos 29:2, 95:1-7, 100:1-5), promueve la confianza y la fe en Él (Salmos 9:10, Isaías 26:3-4, Nahúm 1:7), y conduce al arrepentimiento y a una vida de obediencia (Isaías 6:1-5, Proverbios 16:6, Salmos 19:9, 97:10). En última instancia, conocer a Dios tiene implicaciones eternas (Juan 17:3), y la educación adventista busca preparar a los estudiantes no solo para esta vida, sino también para la eternidad.
1.4. La educación adventista reconoce al ser humano como creado a imagen de Dios, con libre albedrío y capacidad de razonamiento.
La educación adventista se fundamenta en la creencia bíblica de que el ser humano fue creado a imagen de Dios. Génesis 1:26-27 declara: "Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó". Estos versículos establecen la dignidad inherente y el valor del ser humano como portador de la imagen divina, una verdad reafirmada en pasajes como Génesis 5:1, 9:6 y Santiago 3:9. Además, Salmos 139:13-16 describe la obra maestra de Dios en la formación del ser humano, sugiriendo que cada individuo es una creación única y valiosa con un propósito y un destino diseñados por Dios. El modelo educativo adventista busca afirmar el valor inherente de cada estudiante como hijo de Dios y ayudarlos a descubrir y desarrollar los dones y talentos que Él les ha dado para su servicio.
Además, la Biblia revela que Dios dotó al ser humano de libre albedrío y capacidad de razonamiento. Deuteronomio 30:19 registra las palabras de Dios: "A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia". Este versículo destaca la libertad otorgada por Dios al ser humano para tomar decisiones y elegir entre el bien y el mal, un concepto reforzado en pasajes como Josué 24:15, Proverbios 1:29 y Apocalipsis 3:20. La educación adventista reconoce el libre albedrío como un don divino y busca educar a los estudiantes para que tomen decisiones sabias y ejerzan su libertad de manera responsable. Asimismo, textos como Isaías 1:18, donde Dios invita: "Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos", Romanos 12:2 y 1 Pedro 3:15 resaltan la importancia del razonamiento, la reflexión y la capacidad de dar respuesta de la esperanza en la vida espiritual.
La creación del ser humano a imagen de Dios tiene implicaciones significativas para la educación adventista. Salmos 139:13-16 describe la obra maestra de Dios en la formación del ser humano: "Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas". Estos versículos sugieren que cada ser humano es una obra maestra única y valiosa de Dios, con un propósito y un destino diseñados por Él. La educación adventista busca afirmar el valor inherente de cada estudiante como hijo de Dios y ayudarlos a descubrir y desarrollar los dones y talentos que Dios les ha dado para su servicio. Además, pasajes como Romanos 12:2, Efesios 4:23-24 y Colosenses 3:10 enfatizan la importancia de renovar la mente y desarrollar un carácter a la semejanza de Cristo. La educación adventista busca fomentar el crecimiento integral de los estudiantes, no solo en conocimientos y habilidades, sino también en sabiduría, integridad y una cosmovisión bíblica.
La educación adventista enseña que los estudiantes, creados a imagen de Dios, tienen la responsabilidad de administrar sabia y compasivamente la creación, conforme a Génesis 1:28, que los insta a "Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla". Este mandato, reforzado por pasajes como Salmos 8:6-8 y Proverbios 12:10, orienta a los estudiantes a actuar como mayordomos de Dios en la tierra, preparándolos para ser agentes de cambio que reflejen los valores divinos en el mundo.
1.5. Propósito de Dios al crear al ser humano.
El propósito de Dios al crear al ser humano se revela claramente en las Escrituras. Génesis 1:26 declara: "Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra". Este versículo indica que Dios creó al ser humano para que fuera su representante en la tierra, ejerciendo dominio sobre la creación, un concepto ampliado en Salmos 8:5-8.
La educación adventista reconoce este propósito original y busca preparar a los estudiantes para ser mayordomos fieles y responsables de los recursos que Dios les ha confiado. Además, Dios creó al ser humano para tener una relación íntima y personal con Él, como lo sugiere Génesis 3:8 al describir cómo Dios se paseaba en el huerto del Edén y se relacionaba con Adán y Eva (Salmos 42:1-2, 63:1-8 y Juan 17:3).
Otro propósito fundamental de Dios al crear al ser humano es que pueda reflejar su carácter y atributos. Efesios 4:24 exhorta a vestirse "del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad", mientras que Colosenses 3:10 habla de revestirse "del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno". La educación adventista busca ayudar a los estudiantes a desarrollar un carácter semejante al de Cristo, permitiendo que el Espíritu Santo produzca frutos de justicia y santidad en sus vidas (Gálatas 5:22-23). Además, Dios deseaba que los seres humanos formaran familias y hogares que reflejaran su carácter (Génesis 1:28), produciendo una descendencia piadosa que le honre y sirva (Malaquías 2:15). Si permanecían fieles a Dios (Génesis 2:16-17), tenían el potencial de llenar la tierra y el cielo, ocupando el lugar dejado por Lucifer y sus ángeles rebeldes (Apocalipsis 12:7-9).
1.6. Modelo educativo de Dios para el ser humano al principio del mundo.
En el relato bíblico de la creación, encontramos que Dios estableció un modelo educativo para el ser humano desde el principio del mundo. Él diseñó el Jardín del Edén como el entorno perfecto para el aprendizaje y el crecimiento de Adán y Eva, donde podrían desarrollarse integralmente en los aspectos físico, mental, social y espiritual. Génesis 2:8 menciona que "Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado", sugiriendo el cuidado de Dios al preparar un ambiente propicio para el desarrollo de los primeros seres humanos. Génesis 2:15 agrega: "Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase", indicando las responsabilidades asignadas por Dios que implicaban actividad física y desarrollo de habilidades.
En el modelo educativo del Edén, Dios mismo se relacionaba directamente con Adán y Eva, impartiéndoles conocimiento, sabiduría y valores. Génesis 1:28-30 y 2:16-17 registran las instrucciones específicas que Dios dio a la humanidad, revelando su voluntad y estableciendo pautas para su relación con Él y con la creación. Además, Génesis 3:8 menciona que Dios se paseaba en el jardín, sugiriendo una presencia cercana y una interacción regular con Adán y Eva. Este modelo educativo se basaba en una relación íntima y de confianza entre el Creador y los seres humanos, donde el aprendizaje fluía naturalmente de la comunión con Dios. Pasajes como Job 36:22, Salmos 25:8-9, 32:8 e Isaías 48:17 destacan el papel de Dios como Maestro y Guía, quien instruye, corrige y dirige a sus hijos con amor y sabiduría.
Un aspecto fundamental del modelo educativo en el Edén era que Dios mismo era el Maestro. Él no delegó la enseñanza a otros seres creados, sino que se involucró directamente en la educación de Adán y Eva. Dios se revelaba a ellos de manera personal y les impartía su sabiduría y conocimiento. Salmos 119:102 declara: "No me aparté de tus juicios, porque tú me enseñaste", reconociendo a Dios como el Maestro directo. Isaías 54:13 registra la promesa de Dios: "Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de tus hijos", enfatizando que Dios mismo es el Maestro de su pueblo. En Juan 6:45, Jesús cita esta promesa y la aplica a su propia enseñanza: "Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí". Estos versículos resaltan el papel de Dios como Maestro Supremo y la bendición de recibir su instrucción directa. En el modelo educativo del Edén, Adán y Eva tenían el privilegio de ser alumnos del Maestro divino, aprendiendo de Él sin intermediarios.
Además, el modelo educativo de Dios en el Edén involucraba el aprendizaje experiencial y el desarrollo de habilidades prácticas. Génesis 2:15 menciona que Adán fue puesto en el huerto para labrarlo y cuidarlo, lo cual implicaba trabajo manual y la adquisición de conocimientos sobre agricultura y cuidado de la creación. Génesis 2:19-20 describe cómo Dios trajo los animales a Adán para que les pusiera nombres, sugiriendo un proceso de observación, análisis y toma de decisiones. Estos pasajes indican que Dios valoraba el aprendizaje activo y práctico, donde los seres humanos podían aplicar y desarrollar sus capacidades en el contexto de la vida real. Proverbios 24:27, Eclesiastés 9:10 y Colosenses 3:23 son ejemplos de versículos que enfatizan la importancia del trabajo diligente y la excelencia en las tareas encomendadas por Dios.
El modelo educativo del Edén también tenía un enfoque integral, abarcando todas las dimensiones del ser humano. Dios creó a Adán y Eva como seres físicos, con necesidades y capacidades corporales. Génesis 1:29 indica que Dios les proveyó alimento saludable y nutritivo, mientras que Génesis 2:15 sugiere la importancia de la actividad física y el trabajo. Dios también los creó con mentes capaces de razonar, aprender y crear. Génesis 2:19-20 muestra a Adán ejerciendo su capacidad mental al nombrar a los animales. Además, Dios creó a los seres humanos como seres sociales, diseñados para la relación y la comunidad. Génesis 2:18 registra que Dios dijo: "No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él", estableciendo el fundamento para el matrimonio y las relaciones humanas. Y, sobre todo, Dios creó al ser humano con una dimensión espiritual, con la capacidad de relacionarse con Él y reflejar su imagen. Génesis 1:26-27 declara que Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza, mientras que Génesis 3:8 sugiere la cercanía y la comunión que existía entre Dios y la humanidad en el Edén. Pasajes como Deuteronomio 6:5, Salmos 42:1-2 y Marcos 12:30 enfatizan la importancia de amar a Dios con todo nuestro ser, involucrando nuestro corazón, alma, mente y fuerzas. El modelo educativo de Dios en el Edén buscaba el desarrollo integral y armonioso de todas las dimensiones del ser humano, reconociendo su valor y propósito como criatura hecha a imagen divina.
Otro aspecto fundamental del modelo educativo en el Edén era el servicio. Dios creó al ser humano no solo para recibir sus bendiciones, sino también para ser un agente activo en el cumplimiento de sus propósitos. Génesis 2:15 menciona que Dios puso al hombre en el Edén "para que lo labrara y lo guardase", indicando una responsabilidad de servicio y cuidado de la creación. Además, el mandato de señorear sobre los animales y la tierra (Génesis 1:26, 28) implicaba un liderazgo servicial, donde el ser humano debía ejercer dominio con sabiduría y benevolencia, reflejando el carácter de Dios. Otros pasajes como Mateo 20:26-28, Marcos 10:43- 45 y Juan 13:14-15 enfatizan el llamado al servicio abnegado y al liderazgo servicial, siguiendo el ejemplo de Cristo. El modelo educativo del Edén preparaba a los seres humanos para una vida de servicio significativo, contribuyendo al bienestar de la creación y de los demás.
2. CAÍDA
¿Cómo se distorsionó el modelo educativo de Dios para el ser humano por la entrada del pecado?
Habiendo explorado el propósito original de Dios para la humanidad en la creación y el modelo educativo establecido en el Edén, es crucial ahora examinar cómo la entrada del pecado alteró drásticamente este diseño perfecto. La doctrina de la caída arroja luz sobre el impacto devastador del pecado en la naturaleza humana y en el proceso educativo, y subraya la necesidad de un plan divino para restaurar lo que se perdió. Al adentrarnos en esta siguiente sección, consideraremos cómo la educación adventista aborda las realidades de un mundo caído.
2.1. El impacto del pecado en la naturaleza humana y en el modelo educativo divino.
La entrada del pecado en el mundo, a través de la desobediencia de Adán y Eva, tuvo un impacto profundo y devastador tanto en la naturaleza humana como en el modelo educativo establecido por Dios. Romanos 5:12 afirma: "Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron". El pecado distorsionó la imagen de Dios en el ser humano, afectando todas las dimensiones de su ser: física, mental, social y espiritual. Génesis 6:5 declara que "la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal", mientras que Romanos 7:18 reconoce: "Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien". Esta realidad tiene implicaciones significativas para el la educación adventista, ya que tanto estudiantes como educadores están sujetos a las influencias del pecado y necesitan la gracia y la transformación de Dios para superar sus efectos. (Romanos 12:2, Efesios 4:22-24).
El pecado también tuvo un impacto directo en el modelo educativo divino. La relación directa entre Dios y los seres humanos se vio interrumpida, como lo ilustra Génesis 3:8: "Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto". La ruptura de esta relación afectó la capacidad del ser humano para aprender y crecer en el conocimiento y la sabiduría divinos. Romanos 1:21-22 describe cómo los seres humanos "se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido", mientras que Efesios 4:18 habla de la "ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón". En este contexto, el debemos reconocer la necesidad de la restauración de la relación de los estudiantes con Dios y la renovación de la mente, fomentando la comunión con Él, la dependencia de su gracia y la transformación del pensamiento a través de su Palabra. (Juan 15:5, 2 Corintios 3:18, Colosenses 3:10).
El pecado también afectó profundamente las relaciones interpersonales y la relación entre el ser humano y la naturaleza. Génesis 3:16-19 describe las consecuencias del pecado en estas áreas, incluyendo conflictos en las relaciones (v. 16), dificultades en el trabajo (v. 17-19) y una ruptura en la armonía entre la humanidad y la creación (v. 18). La historia de Caín y Abel en Génesis 4:1-16 ilustra cómo el pecado puede llevar a la envidia, la ira y la violencia en las relaciones humanas. Ante estas realidades, el modelo educativo adventista debe abordar la necesidad de la restauración de las relaciones interpersonales y con la naturaleza, fomentando la empatía, la resolución pacífica de conflictos (Mateo 5:9, Romanos 12:18), el servicio abnegado (Marcos 10:45, Gálatas 5:13) y la mayordomía responsable de la creación (Génesis 2:15, Salmo 24:1), siguiendo el ejemplo de Cristo. Además, debe reconocer las limitaciones y los desafíos en el proceso de aprendizaje debido al impacto del pecado, enfatizando la necesidad de buscar la sabiduría con diligencia (Proverbios 2:1-5) y cultivar un pensamiento piadoso (Filipenses 4:8), mientras se fomenta la dependencia de Dios y la humildad intelectual (Santiago 1:5, 1 Corintios 8:1-2).
2.2. Rompimiento de las relaciones: El ser humano con Dios, el ser humano con su prójimo y el ser humano con su entorno.
El pecado no solo afectó la naturaleza humana y el modelo educativo divino, sino que también tuvo un impacto devastador en las relaciones fundamentales que Dios diseñó para el ser humano.
En primer lugar, el pecado rompió la relación entre el ser humano y Dios. Génesis 3:8 describe cómo Adán y Eva se escondieron de la presencia de Dios después de desobedecer su mandato, lo cual sugiere el sentido de culpa, vergüenza y separación que el pecado introduce en la relación con el Creador. Isaías 59:2 declara: "Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír". Este versículo, junto con otros como Efesios 2:12, Colosenses 1:21 y Romanos 5:10, enfatiza cómo el pecado crea una barrera entre el ser humano y Dios, impidiendo una comunión íntima y obstruyendo el flujo de su gracia y sabiduría. El rompimiento de la relación con Dios tiene implicaciones significativas para la educación, ya que sin una conexión cercana con la fuente de toda verdad y conocimiento, el proceso de aprendizaje se ve afectado negativamente.
En segundo lugar, el pecado también afectó las relaciones interpersonales, introduciendo conflictos, malentendidos y falta de armonía entre los seres humanos. Después de la caída, Dios le dijo a Eva: "Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti" (Génesis 3:16). Este versículo sugiere cómo el pecado distorsionó la relación entre hombres y mujeres, trayendo desigualdad, dominio y sufrimiento. La historia de Caín y Abel en Génesis 4:1-16 ilustra cómo el pecado puede llevar a la envidia, la ira y la violencia en las relaciones humanas. Además, pasajes como Proverbios 17:14, Gálatas 5:14-15 y Santiago 4:1-2 abordan los conflictos, las disputas y las pasiones pecaminosas que dañan las relaciones interpersonales. Estos conflictos y falta de armonía pueden obstaculizar el aprendizaje colaborativo, el intercambio de conocimientos y el crecimiento mutuo en un entorno educativo.
En tercer lugar, el pecado afectó la relación entre el ser humano y su entorno. Después de la desobediencia de Adán y Eva, Dios declaró: "Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo" (Génesis 3:17-18). Estos versículos indican cómo el pecado trajo desorden y dificultades en la relación entre el ser humano y la creación. La armonía original entre la humanidad y el mundo natural se vio afectada, resultando en desafíos y obstáculos en el cultivo y cuidado de la tierra. Romanos 8:20-22 amplía esta idea, afirmando que la creación misma fue sujeta a vanidad y corrupción a causa del pecado, y que anhela la redención y liberación que vendrá con la manifestación de los hijos de Dios. Otros pasajes, como Isaías 24:4-6 y Oseas 4:1-3, también describen cómo el pecado del ser humano tiene un impacto negativo en el medio ambiente. El deterioro de la relación con el entorno puede limitar el acceso a los recursos y oportunidades educativas, y requerir esfuerzos adicionales para superar los obstáculos y desafíos que surgen en un mundo caído.
En resumen, el pecado introdujo una fractura devastadora en las relaciones esenciales del ser humano: con Dios, con los semejantes, y con el medio ambiente. En este contexto, la educación debe adaptarse a un mundo afectado por el pecado, esforzándose por restaurar la armonía original mediante la dependencia de la guía divina. Este enfoque educativo, apoyado por textos como 1 Juan 2:9-11, busca cultivar relaciones que reflejen la justicia, el amor y la sabiduría divinos, fundamentales para la reconstrucción del tejido social y ambiental dañado.
2.3. Las consecuencias del pecado en la naturaleza humana y su capacidad de aprendizaje.
El pecado tuvo un impacto profundo y duradero en la naturaleza humana, afectando todas las dimensiones del ser, incluyendo la capacidad de aprendizaje. Romanos 3:23 declara: "Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios", enfatizando la universalidad del pecado y su efecto en cada ser humano (1 Reyes 8:46, Salmos 143:2, Eclesiastés 7:20). Como resultado de la caída, el entendimiento se oscureció (Efesios 4:17-18, Romanos 1:21-22, 1 Corintios 2:14, Tito 1:15), dificultando la comprensión de las verdades espirituales. Además, la desobediencia y rebeldía se introdujeron en la naturaleza humana (Jeremías 5:23, Romanos 8:7, Deuteronomio 9:7, Nehemías 9:26, Ezequiel 20:8), lo cual obstaculiza el aprendizaje y crecimiento espiritual. Proverbios 1:7 declara: "El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza", mientras que Proverbios 12:1 afirma: "El que ama la instrucción ama la sabiduría; mas el que aborrece la reprensión es ignorante".
El pecado también afectó la motivación y el enfoque del ser humano en relación con el aprendizaje, fomentando la búsqueda del conocimiento por motivos egoístas (Génesis 3:6, Isaías 5:21, Jeremías 9:23-24, 1 Corintios 8:1), en contraste con la sabiduría que viene de Dios, que es humilde, pura y llena de misericordia (Santiago 3:13-18). Además, las consecuencias de la caída incluyen limitaciones y desafíos externos que afectan el aprendizaje, como la necesidad de esfuerzo y dedicación (Génesis 3:19, Proverbios 13:4, Proverbios 15:19, Eclesiastés 10:15) y las desigualdades e injusticias resultantes del pecado. La educación en un mundo caído debe tener en cuenta estas tendencias pecaminosas y buscar cultivar motivaciones y actitudes correctas hacia el aprendizaje, basadas en el amor a Dios y al prójimo.
3. REDENCIÓN
¿Qué hace Dios para restaurar el modelo educativo distorcionado por el pecado?
Tras haber examinado las trágicas consecuencias de la caída y su impacto en la naturaleza humana y el modelo educativo divino, nuestra atención se vuelve ahora hacia el plan de redención. Exploraremos cómo la obra salvífica de Cristo se convierte en el fundamento y el propósito central de la educación adventista. Consideraremos el papel de Jesús como el Maestro divino, la centralidad de las Escrituras y la obra del Espíritu Santo en el proceso de restauración, y cómo la iglesia y el hogar actúan como agentes educativos cruciales en este contexto redentor.
3.1. La educación adventista enfatiza la centralidad de Cristo y su sacrificio expiatorio como medio de salvación.
La educación adventista tiene como fundamento central la persona y obra de Jesucristo, reconociendo su sacrificio expiatorio como el único medio para la salvación de la humanidad. Juan 14:6 declara: "Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí", destacando la exclusividad de Cristo como el único mediador entre Dios y los seres humanos (1 Timoteo 2:5). Esta educación enfatiza que la salvación no se obtiene por méritos propios o buenas obras, sino únicamente por la gracia de Dios manifestada en la muerte y resurrección de Cristo (Efesios 2:8-9; Tito 3:5). A través de la muerte de Cristo, se hizo posible la reconciliación entre Dios y el ser humano, y se abrió el camino para la vida eterna (Romanos 5:10; Colosenses 1:20-22). La resurrección de Cristo confirma su victoria sobre el pecado y la muerte, garantizando la vida eterna para aquellos que creen en Él (Romanos 6:4; 1 Corintios 15:20-22; 1 Pedro 1:3). El propósito de esta educación es cultivar en los estudiantes una relación personal y transformadora con Cristo, basada en la fe y la obediencia a sus enseñanzas (2 Corintios 5:17-20; Colosenses 3:17).
3.2. La educación como medio para guiar a los estudiantes a una relación salvífica con Cristo.
La educación adventista reconoce que su propósito fundamental es guiar a los estudiantes hacia una relación salvífica con Jesucristo. Más allá de la mera transmisión de conocimientos académicos, se busca crear un ambiente y oportunidades para que los estudiantes puedan encontrarse con Cristo de manera personal y transformadora. Juan 17:3 declara: "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado". Este versículo, junto con Jeremías 9:23-24 y 1 Juan 5:11-12, destaca que el conocimiento verdadero de Dios y de Cristo es esencial para la vida eterna. La educación adventista se esfuerza por presentar a Cristo de manera atractiva y relevante, mostrando su carácter, sus enseñanzas y su amor redentor, con el objetivo de despertar en los estudiantes el deseo de conocerlo y seguirlo.
Además, la relación con Cristo es un proceso de crecimiento continuo. La educación adventista busca fomentar en los estudiantes un deseo genuino de conocer más a Cristo y de profundizar en su relación con Él a través de diversas prácticas espirituales, como el estudio diligente de la Biblia, la oración constante y la comunión edificante con otros creyentes. Colosenses 2:6-7 exhorta: "Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias". Estos versículos, junto con otros pasajes como 2 Pedro 3:18 y 1 Juan 2:5-6, sugieren que la vida cristiana es un caminar diario con Cristo, enraizados en la fe y creciendo continuamente en el conocimiento de Su Palabra y en gratitud por Su obra redentora. La educación adventista se esfuerza por proporcionar a los estudiantes las herramientas necesarias y el apoyo espiritual adecuado para desarrollar una relación duradera y fructífera con Cristo, que trascienda el ámbito académico y se extienda a todas las áreas de su vida, formando discípulos comprometidos que reflejen el carácter de Cristo.
3.3.Modelo educativo después de la entrada del pecado al mundo.
Después de la entrada del pecado en el mundo, el modelo educativo establecido por Dios en el Edén sufrió cambios significativos. La relación directa y sin obstáculos entre Dios y los seres humanos se vio afectada, y las consecuencias del pecado se hicieron evidentes en todas las áreas de la vida, incluyendo la educación. Sin embargo, Dios en su amor y sabiduría, proveyó un plan de redención y restauración que incluía un modelo educativo adaptado a la realidad del mundo caído. Este modelo se centró en guiar a las personas de regreso a una relación correcta con Dios y en prepararlas para cumplir su propósito en un mundo afectado por el pecado.
Un aspecto clave del modelo educativo después de la entrada del pecado fue la revelación progresiva de Dios a través de su Palabra escrita, la Biblia. Dios se comunicó con la humanidad a través de los profetas y las Escrituras, proporcionando instrucción, guía y corrección. 2 Timoteo 3:16-17 afirma: "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra". Estos versículos, junto con Deuteronomio 6:6-7, Salmos 119:105 y 2 Pedro 1:19-21, destacan el papel central de la Biblia en la educación y formación del pueblo de Dios. El estudio de las Escrituras se convirtió en un componente esencial del modelo educativo, con el objetivo de conocer a Dios, comprender su voluntad y aplicar sus principios a la vida diaria.
Además, el modelo educativo después de la entrada del pecado incluyó la instrucción en la ley de Dios y los principios morales. Dios entregó los Diez Mandamientos y otras leyes para guiar a su pueblo en una vida de rectitud y santidad. Deuteronomio 6:6-7 instruye: "Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes". Estos versículos, junto con Salmos 119:9-11, Proverbios 3:1-2 y Romanos 7:12, enfatizan la importancia de enseñar y transmitir los principios de Dios a las nuevas generaciones, tanto en el contexto del hogar como en la educación formal. Se buscaba formar individuos que no solo conocieran la ley de Dios, sino que la internalizaran y la vivieran en su día a día.
Otro aspecto importante del modelo educativo después de la entrada del pecado es el énfasis en la fe y la dependencia de Dios. En un mundo caído, donde la sabiduría y el entendimiento humanos son limitados, se hizo evidente la necesidad de confiar en Dios y buscar su dirección. Proverbios 3:5-6 exhorta: "Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas". Estos versículos, junto con Salmos 37:3-7, Isaías 26:3-4 y Hebreos 11:6, resaltan la importancia de poner la fe en Dios y buscar su guía en todas las áreas de la vida, incluyendo la educación. El modelo educativo bíblico enseñaba a los estudiantes a depender de Dios, a buscar su sabiduría y a confiar en su dirección, reconociendo que solo Él puede proporcionar el verdadero conocimiento y entendimiento.
Además, el modelo educativo después de la entrada del pecado enfatiza la importancia del desarrollo del carácter y la formación espiritual. En un mundo marcado por el pecado y la tentación, era crucial formar individuos con un carácter sólido y una fe firme. La educación no solo se enfocaba en la adquisición de conocimientos, sino también en el desarrollo de virtudes como la integridad, la justicia, la misericordia y la humildad. Miqueas 6:8 declara: "Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios". Este versículo, junto con Deuteronomio 10:12-13, Proverbios 22:6 y Gálatas 5:22-23, resalta los valores fundamentales que debían guiar la vida y la educación del pueblo de Dios.
3.4. Jesús, el maestro enviado por Dios.
Jesús, como el maestro supremo enviado por Dios, no solo enseñó con sus palabras y acciones, sino que también recibió una educación integral durante su tiempo en la tierra. Lucas 2:52 afirma: "Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres", sugiriendo que experimentó un desarrollo holístico que abarcaba lo intelectual, lo físico, lo espiritual y lo social. Su educación provino de las fuentes indicadas por el cielo: el trabajo útil, evidenciado en su oficio de carpintero (Marcos 6:3); el estudio de las Escrituras, demostrado por su familiaridad con los escritos del Antiguo Testamento (Lucas 4:16-17; Mateo 4:4, 7, 10); la naturaleza, reflejada en sus parábolas y enseñanzas (Mateo 6:26-30; 13:1-9); y las vicisitudes de la vida, a través de las cuales aprendió la obediencia (Hebreos 5:8). Jesús, como estudiante modelo, aprovechó al máximo estas fuentes de aprendizaje, convirtiéndose en un ejemplo para la educación adventista, que busca un desarrollo integral de los estudiantes en todas las dimensiones de su ser, tal como lo expresa 1 Tesalonicenses 5:23: "Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo".
En el Nuevo Testamento, Jesús es presentado como el maestro supremo enviado por Dios para revelar su verdad y guiar a la humanidad hacia la salvación. Mateo 7:28-29 registra la reacción de las multitudes ante su enseñanza: "Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas". Sus enseñanzas abarcaron una amplia gama de temas, desde principios éticos y morales hasta verdades espirituales profundas, como se evidencia en el Sermón del Monte (Mateo 5-7) y en parábolas como la del buen samaritano (Lucas 10:25-37) y la del hijo pródigo (Lucas 15:11-32). Jesús también enseñó acerca de su propia identidad y misión, revelándose a sí mismo como el Hijo de Dios (Juan 8:12), el buen pastor (Juan 10:11) y el único camino al Padre (Juan 14:6). Esto se alinea con lo que está escrito en Hebreos 1:1-2: "Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo". Las instituciones educativas adventistas reconocen a Jesús como el maestro modelo y buscan seguir sus métodos y principios de enseñanza, enfatizando la importancia de comunicar la verdad con autoridad, relevancia y compasión, tal como lo hizo Cristo (Mateo 7:29; Marcos 12:14; Mateo 9:36).
Además de sus enseñanzas verbales, Jesús también enseñó poderosamente a través de su ejemplo y sus acciones. Él modeló una vida de perfecta obediencia a Dios, de servicio desinteresado y de amor incondicional, como se evidencia en el lavamiento de los pies de sus discípulos (Juan 13:15), su compasión hacia los necesitados (Mateo 9:36) y su perdón hacia los pecadores (Lucas 7:36-50). La enseñanza de Jesús también se caracterizó por su capacidad para transformar vidas y producir un cambio duradero en aquellos que lo seguían, como lo demuestran su llamado a los primeros discípulos (Mateo 4:19) y sus palabras en Juan 8:31-32: "Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres". Esto se alinea con lo que Pablo escribió en 2 Corintios 3:18: "Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor". La educación adventista busca seguir el ejemplo de Jesús, fomentando en los estudiantes una relación personal y transformadora con Él, y enfatizando la importancia de vivir una vida de discipulado radical y obediencia a sus enseñanzas, tal como lo expresó el apóstol Pablo en Gálatas 2:20: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí".
El ministerio terrenal de Jesús culminó con su sacrificio en la cruz y su gloriosa resurrección, eventos que se convirtieron en el fundamento del evangelio y de la misión de la iglesia. Antes de ascender al cielo, Jesús comisionó a sus discípulos a continuar su obra educativa, como se registra en Mateo 28:19-20: "Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". Esta gran comisión ha sido el fundamento de la misión educativa de la Iglesia Adventista del Séptimo Día desde sus inicios, reconociendo que la verdadera educación no solo implica la transmisión de conocimientos, sino también el hacer discípulos que reflejen el carácter de Cristo y estén comprometidos con su misión. Como lo expresó el apóstol Pablo en Colosenses 1:28: "a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre". En última instancia, el propósito de la educación adventista es guiar a los estudiantes a un encuentro transformador con Jesús, el Maestro de maestros, y equiparlos para ser sus fieles testigos en un mundo necesitado de su amor y gracia, cumpliendo así el mandato de Hechos 1:8: "pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra".
Jesús, el maestro supremo, recibió una educación integral de fuentes divinas. Enseñó con autoridad, sabiduría y compasión, transformando vidas. Su ejemplo y sacrificio fundamentan la misión educativa adventista de hacer discípulos que reflejen su carácter y testifiquen de su amor y gracia hasta el fin del mundo (Mateo 28:19-20; Hechos 1:8).
3.5. La Biblia como el libro de texto inspirado para la educación.
La Biblia se erige como el libro de texto inspirado y autoritativo para la educación adventista. 2 Timoteo 3:16-17 afirma: "Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra". Estos versículos, junto con 2 Pedro 1:20- 21, donde se declara que "ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo", y Juan 17:17, en el que Jesús ora: "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad", destacan la naturaleza divinamente inspirada de la Biblia y su utilidad para enseñar, corregir y equipar a los creyentes para una vida de rectitud y servicio. Los estudiantes son animados a estudiar la Biblia diligentemente, a meditar en sus enseñanzas y a aplicar sus principios en su vida diaria, como lo indican pasajes como Josué 1:8, Salmos 1:1-3 y Colosenses 3:16.
La Biblia no solo proporciona conocimiento teológico y doctrinal, sino que también aborda todos los aspectos de la vida humana y tiene el poder de transformar vidas y guiar a las personas a una relación salvífica con Dios (2 Timoteo 3:15; Hebreos 4:12; 1 Pedro 1:23; Santiago 1:21). En la educación adventista, se anima a los estudiantes a desarrollar habilidades de interpretación bíblica y a aplicar herramientas hermenéuticas sólidas para comprender el mensaje de las Escrituras, considerando el contexto histórico, cultural y literario de los pasajes bíblicos, así como buscando la intención original del autor inspirado. Hechos 17:11 elogia a los creyentes de Berea porque "recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así", porque mandamiento tras mandamiento, mandato sobre mandato, renglón tras renglón, línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá".
3.6. El papel del Espíritu de Profecía en la educación adventista.
Las Escrituras testifican que uno de los dones del Espíritu Santo es la profecía. Este don es una marca identificadora de la iglesia remanente y creemos que se manifestó en el ministerio de Ellen G. White (2 Crónicas 20:20; Apocalipsis 12:17; 19:10). La educación adventista se distingue por su fundamento en las verdades bíblicas y los escritos de Ellen G. de White. Estos principios orientan hacia el desarrollo holístico de los estudiantes, enfatizando la redención y la restauración de la imagen divina en cada individuo. La misión educativa adventista, alineada con el gran conflicto cósmico entre el bien y el mal, busca equipar a los estudiantes con discernimiento espiritual y prepararlos para contribuir activamente a la misión profética de la iglesia. Este enfoque se ve fortalecido por la obra de Ellen G. de White, cuyos escritos proporcionan una guía práctica para implementar una educación que fomente el desarrollo físico, mental y espiritual equilibrado, así como la formación de un carácter cristocéntrico.
El papel del Espíritu de Profecía en la educación adventista es de vital importancia, y se hace evidente a través de la vida y los escritos de Ellen G. de White. Como mensajera del Señor y cofundadora de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, Ellen G. de White recibió numerosas visiones y revelaciones divinas que han guiado y moldeado el desarrollo del sistema educativo adventista desde sus inicios. Sus consejos inspirados, registrados en libros como La Educación, Conducción del Niño y Consejos para los Maestros, Padres y La Educación Cristiana, han proporcionado un fundamento sólido y una dirección clara para la filosofía y práctica de la educación adventista. White enfatizó que la verdadera educación "tiene que ver con el ser entero" y "es el desarrollo armonioso de las facultades físicas, mentales y espirituales" (La Educación, p. 13), una visión que ha llegado a ser el sello distintivo de la educación adventista en todo el mundo.
3.7. El hogar como centro de educación en la formación del carácter y la espiritualidad.
El hogar desempeña un papel primordial como centro de educación primaria en la formación del carácter y la espiritualidad de los niños y jóvenes. En el plan de Dios, los padres son los primeros y más influyentes maestros en la vida de sus hijos, con la responsabilidad de criarlos en el conocimiento y amor de Dios (Deuteronomio 6:6-7, Efesios 6:4). El hogar es el lugar donde los niños aprenden valores, desarrollan hábitos y forman su comprensión inicial de Dios y del mundo que los rodea. La Biblia enfatiza la importancia de la instrucción y el modelado espiritual en el contexto del hogar. En Deuteronomio 6:4-9, Dios instruye a los padres a amar al Señor con todo su corazón, su alma y fuerzas, y a enseñar diligentemente sus mandamientos a sus hijos en cada aspecto de la vida diaria. Proverbios 22:6 también enfatiza el papel formativo de la instrucción temprana, prometiendo que un niño criado en el camino de Dios no se apartará de él cuando sea mayor. Además de la instrucción directa, los padres también educan a sus hijos a través del ejemplo y el modelamiento. Los niños aprenden valores, prioridades y comportamientos al observar la vida de sus padres (Proverbios 20:7, 1 Timoteo 3:4-5, Tito 1:6).
El hogar también proporciona un entorno para el discipulado y la formación espiritual a través de prácticas como la adoración familiar, la oración y el servicio conjunto. Cuando las familias se reúnen regularmente para leer la Biblia, orar y compartir sus experiencias espirituales, los niños aprenden la importancia de cultivar una relación con Dios (Job 1:5, Jeremías 10:25). Estas experiencias compartidas fortalecen los lazos familiares y proporcionan un fundamento sólido para el crecimiento espiritual de por vida.
3.8. La Iglesia como Fundamento y Extensión de la Educación Adventista en la Misión de Predicación del Evangelio.
En el plan redentor de Dios, la iglesia se establece como una escuela fundamental donde los creyentes son formados y equipados para cumplir con la misión de Cristo, transformándola en un eje central de la educación adventista. Según la Gran Comisión en Mateo 28:19-20, Jesús instruye a sus discípulos: "Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado". Este mandato divino resalta el rol de la iglesia no solo como un lugar de adoración, sino como una comunidad activa de aprendizaje y servicio donde los creyentes crecen en la semejanza de Cristo y se preparan para participar en su misión redentora. La iglesia, a través de la enseñanza de la Palabra, los sermones, los estudios bíblicos y los grupos pequeños, nutre a sus miembros con el "alimento sólido" de la verdad bíblica, permitiéndoles profundizar en su entendimiento y aplicación de las Escrituras en la vida diaria (Hebreos 5:12-14; 1 Corintios 3:2).
Además, la iglesia desempeña un papel crucial al equipar a los creyentes con las herramientas necesarias para el servicio efectivo dentro y fuera de la comunidad eclesiástica. Conforme a los dones espirituales que Pablo describe en 1 Corintios 12 y Efesios 4, cada creyente recibe capacidades únicas destinadas a la edificación del cuerpo de Cristo y el avance de su reino. Estas habilidades son desarrolladas y puestas en práctica en diversos ministerios y actividades de servicio que la iglesia ofrece, ayudando a los creyentes a descubrir y emplear sus dones en el servicio a otros (Romanos 12:4-8; 1 Pedro 4:10-11). La educación adventista, integrada dentro del contexto eclesiástico, fortalece este proceso al animar a los estudiantes a involucrarse activamente en la vida de la iglesia, aplicando lo aprendido en el aula a situaciones reales que requieren liderazgo, empatía y una sólida ética cristiana.
La comunidad de la iglesia también fomenta un entorno de crecimiento espiritual y desarrollo del carácter a través de la comunión y la rendición de cuentas mutua, estableciendo un espacio donde los creyentes pueden aprender unos de otros, animarse y exhortarse a vivir de acuerdo con los principios bíblicos. Este marco de apoyo es vital para el desarrollo personal y espiritual, permitiendo a los individuos experimentar la gracia y el perdón de Dios en un contexto comunitario (Hebreos 10:24-25; Santiago 5:16; Colosenses 3:13). Mediante la participación en las "obras de amor" y las actividades de la iglesia, los creyentes no solo crecen en su semejanza a Cristo sino que también reflejan su carácter al mundo, demostrando el impacto transformador del evangelio en sus vidas (Gálatas 6:1-2; 5:6, 13-14).
Al fusionar la formación académica con el crecimiento espiritual y el servicio comunitario, la educación adventista y la iglesia trabajan en sinergia para formar estudiantes que no solo sean académicamente competentes, sino también discípulos comprometidos y siervos efectivos del evangelio. Esta colaboración estratégica proporciona una educación holística que integra el conocimiento bíblico y teológico con habilidades prácticas, promoviendo un aprendizaje que trasciende las aulas para convertirse en una vivencia diaria de los valores cristianos. El enfoque integrado de combinar la teoría con la práctica espiritual y social fomenta un ambiente donde la misión de la iglesia de hacer discípulos y expandir el reino de Dios no es solo un contenido curricular, sino una realidad palpable y dinámica en la vida de cada estudiante.
3.9. La educación como medio para desarrollar un carácter semejante al de Cristo y fomentar un estilo de vida saludable.
El modelo educativo reconoce que el desarrollo del carácter es un aspecto fundamental de la formación integral del estudiante. Este énfasis se basa en la enseñanza bíblica donde el carácter es más importante que los logros externos (1 Samuel 16:7). Dios se enfoca en el carácter interno de una persona, más que en su apariencia o logros externos. La educación adventista busca ayudar a los estudiantes a desarrollar un carácter que refleje los atributos de Cristo, como la integridad, la compasión, la humildad y el servicio. La Biblia enseña que el carácter cristiano se desarrolla a través de un proceso de transformación espiritual (Romanos 12:2). El carácter cristiano se forma a medida que la mente es renovada y transformada por el Espíritu Santo (2 Corintios 3:18, Colosenses 3:9-10). Esta educación busca fomentar esta transformación espiritual, ayudando a los estudiantes a desarrollar hábitos devocionales como el estudio de la Biblia, la oración y la reflexión, que son esenciales para el crecimiento del carácter (Colosenses 3:9-10, Gálatas 5:22-23).
Además, la educación adventista enfatiza la importancia de un estilo de vida saludable, subrayando la conexión intrínseca entre el bienestar físico y las esferas del bienestar espiritual y mental, tal como lo expresa 1 Corintios 6:19-20. Esta perspectiva reconoce al cuerpo humano como un templo sagrado que merece ser cuidado y honrado, un concepto también respaldado por 3 Juan 2. En este sentido, es fundamental inculcar y fomentar hábitos saludables entre los estudiantes y la comunidad. La alimentación adecuada, el ejercicio regular, el descanso suficiente y la abstención de sustancias perjudiciales son componentes esenciales de un estilo de vida integral y equilibrado. Estos principios no solo contribuyen al desarrollo físico óptimo, sino que también fortalecen sus capacidades espirituales, mentales y sociales.
3.10. La educación como herramienta para enfrentar los desafíos y tentaciones de la vida desde una perspectiva bíblica.
La educación dentro del marco adventista se concibe como una herramienta esencial en la batalla espiritual entre el bien y el mal, equipando a los estudiantes para enfrentar desafíos y tentaciones mediante principios arraigados en las Sagradas Escrituras. Efesios 6:12 destaca la naturaleza de nuestra lucha: "Porque no luchamos contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes." Esta cosmovisión impulsa a la búsqueda de sabiduría y fortaleza divinas, prometidas en Santiago 1:5 y Proverbios 2:6, para superar las adversidades. Se enseña a los educandos a confiar en la guía de Dios (Proverbios 3:5-6), cultivando un carácter que refleje la sabiduría divina, descrita en Santiago 3:17 como pura, pacífica y llena de misericordia. Así, se prepara a los individuos para ser "más que vencedores" (Romanos 8:37), armándolos espiritualmente para resistir tentaciones (1 Corintios 10:13) y tomar decisiones prudentes en un mundo complejo.
Adicionalmente, la profundidad de la relación personal con Cristo se enfatiza como la fuente de verdadera fortaleza ante las pruebas, según Juan 15:5, "Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer." Este modelo educativo insta a los estudiantes a "vestirse de toda la armadura de Dios" (Efesios 6:11), incluyendo la verdad, justicia, paz, fe, salvación y la Palabra de Dios (Efesios 6:14-17), para permanecer firmes contra las estratagemas del mal. Equipados así, son capacitados para actuar según la voluntad divina (Filipenses 2:13), luchando la buena batalla de la fe (1 Timoteo 6:12) y perseverando hasta el fin (Mateo 24:13).
4. RESTAURACIÓN: ¿Cómo será restaurado el modelo educativo de Dios para el ser humano distorcionado por el pecado a su estado original?
Habiendo contemplado el plan redentor de Dios y su impacto transformador en la educación adventista, dirigimos ahora nuestra mirada hacia el glorioso destino final de la humanidad: la restauración completa en la Tierra Nueva. En esta sección culminante, exploraremos cómo la promesa de un mundo renovado y perfecto, donde el modelo educativo edénico será restablecido en todo su esplendor, da forma y sentido a los esfuerzos educativos adventistas en el presente. Consideraremos cómo la educación adventista actual puede reflejar y anticipar la realidad educativa de la eternidad, preparando a los estudiantes para un futuro de aprendizaje, servicio y adoración sin fin en la presencia de Dios.
4.1. La esperanza de la segunda venida de Cristo y la restauración final de todas las cosas.
En el corazón de la pedagogía adventista yace la esperanza vivificante de la segunda venida de Cristo, descrita en Tito 2:13 como "la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo". Esta promesa no es un mero concepto teórico, sino una verdad que permea la experiencia educativa, animando a estudiantes y docentes a vivir en la luz de la inminente restauración de todas las cosas. Esta esperanza anima a todos dentro del sistema educativo adventista a ver más allá de la temporalidad, manteniendo una perspectiva eterna que informa y transforma todos los aspectos de la vida y el aprendizaje. Además, Lucas 12:40 nos insta a la vigilancia constante: "Estén preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora menos pensada", un llamado a vivir cada día con expectación y preparación para el retorno de Cristo.
La educación adventista profundiza en la promesa de una completa renovación celestial y terrenal, evidenciada en Apocalipsis 21:5 con las palabras de Dios: "He aquí, yo hago nuevas todas las cosas", y en 2 Pedro 3:13, que nos asegura la llegada de "cielos nuevos y una nueva tierra en los que habita la justicia". Este fundamento es esencial para inculcar en los estudiantes un anhelo por la realidad celestial, instándolos a vivir según los principios divinos en el presente. Colosenses 3:1-2 nos exhorta a centrar nuestras vidas en la realidad espiritual superior, diciendo: "Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra". Este llamado a enfocarse en lo eterno no solo proporciona consuelo y fortaleza ante las tribulaciones, sino que también inspira a los estudiantes a contribuir al bienestar de su entorno, reflejando la luz y el amor de Cristo en todas sus acciones y decisiones. Este ethos celeste anima a toda la comunidad educativa a vivir con un propósito redentor, sabiendo que cada gesto de bondad y cada acto de justicia resuena con los valores del Reino venidero.
Finalmente, la educación adventista motiva a los estudiantes a ser agentes de cambio, alineados con la misión divina de reconciliación y restauración, tal como se expresa en 2 Corintios 5:18-20, que declara: "Todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación". Equipados con un sentido de propósito divino, los estudiantes son alentados a utilizar sus talentos y educación para influir positivamente en el mundo, viviendo como embajadores de la esperanza y la justicia de Cristo. La perspectiva de la restauración final y el regreso de Cristo ofrece un marco poderoso que da forma a la identidad y misión de la comunidad educativa adventista, impregnando la enseñanza, el aprendizaje y la vida con un sentido de urgencia y una esperanza transformadora. Filipenses 3:20-21 resume esta visión con la promesa de que "nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo", quien "transformará nuestro cuerpo humilde para que sea conforme a su cuerpo glorioso". Esta esperanza no solo guía la educación adventista, sino que también fortalece a los estudiantes para enfrentar los desafíos actuales con la certeza de la victoria final de Cristo.
4.2. La restauración final del modelo educativo edénico, con Dios como Maestro directo.
La Biblia revela que el plan divino culmina con la restauración de toda la creación a un estado de perfección que refleja el modelo educativo del Edén. En Apocalipsis 21:3-4, se describe la nueva creación donde "el tabernáculo de Dios" está con los hombres, permitiendo que Dios "morará con ellos", una cercanía reminiscente a la que existía en el Edén donde Dios conversaba con Adán y Eva según Génesis 3:8. Esta intimidad se extiende a un aprendizaje directo de Dios, como se profetiza en Isaías 11:9, indicando que "la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar". Adicionalmente, Jeremías 31:34 anticipa que en este estado restaurado, la necesidad de enseñanza humana será obsoleta, ya que todos conocerán a Dios directamente, desde el menor hasta el mayor, destacando una era donde Dios mismo impartirá su sabiduría y verdad de manera universal y sin barreras.
Esta visión edénica de la educación, con Dios como el Maestro supremo, señala una era donde todas las distorsiones causadas por el pecado serán eliminadas, como lo sugieren las palabras en 1 Corintios 13:12, prometiendo una educación sin las limitaciones de la finitud humana. La restauración también implica una renovación de las facultades humanas, según se detalla en 1 Corintios 2:9 y Filipenses 3:20-21, donde las mentes redimidas serán capaces de comprender completamente los caminos de Dios. Efesios 4:13 habla de un crecimiento y desarrollo ilimitados, pintando un futuro donde el aprendizaje será una expansión gozosa y eterna de conocimiento y entendimiento, completamente libre de las frustraciones y limitaciones típicas del aprendizaje en el mundo actual. Esta transformación educativa no solo refleja la redención completa de las capacidades humanas sino que también garantiza un profundo y continuo descubrimiento de la sabiduría divina.
4.3. La Tierra Nueva como el campus eterno, donde el aprendizaje y el crecimiento continuarán por siempre.
La Tierra Nueva, como se describe en Apocalipsis 21-22, será el campus eterno donde el aprendizaje y el crecimiento continuarán por siempre. En este estado perfecto de la existencia, los redimidos vivirán en la presencia de Dios y disfrutarán de un acceso sin restricciones al conocimiento y la sabiduría divinos (1 Corintios 13:12). Nuestra comprensión actual de Dios y su creación es limitada, pero en la Tierra Nueva, nuestra percepción será completa y sin obstáculos. Podremos explorar las maravillas de la creación de Dios y descubrir nuevas dimensiones de su sabiduría y poder (Isaías 11:9). El apóstol Pablo nos da una perspectiva adicional en la resurrección de los muertos en pecado para enfatizar la real esperanza de la resurrección en su exaltación futura (Efesios 2:5-7). La Tierra Nueva será un entorno perfecto para el aprendizaje continuo, donde podremos explorar y apreciar la infinita sabiduría y bondad de Dios por toda la eternidad.
El aprendizaje en la Tierra Nueva también será una experiencia comunitaria, donde los redimidos de todas las edades y culturas aprenderán y crecerán juntos en unidad y amor (Apocalipsis 7:9). En este entorno de perfecta armonía y amor, el aprendizaje y el crecimiento serán enriquecidos por la comunión con Dios y con nuestros compañeros redimidos. La descripción del templo en la Nueva Jerusalén (Apocalipsis 21:22) como el lugar donde "el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero" moran, sugiere que la adoración y la comunión con Dios y entre nosotros será el centro de nuestra existencia eterna. En esta comunidad de adoración y aprendizaje, creceremos juntos en nuestro conocimiento y amor por Dios, y en nuestro amor y comprensión mutua.
4.4. La relación cara a cara con Dios y el acceso directo a su sabiduría como culminación del proceso educativo.
A lo largo de las Escrituras, el deseo de ver a Dios y estar en su presencia se expresa como la aspiración máxima de los creyentes. Moisés le pidió a Dios: "Te ruego que me muestres tu gloria" (Éxodo 33:18), y Dios le respondió: "No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá" (versículo 20). Esta limitación, resultado de la pecaminosidad humana, será eliminada en la nueva creación. Los redimidos podrán contemplar el rostro de Dios sin temor ni impedimento, y experimentar la plenitud de su amor y gracia (Salmos 17:15, 1 Juan 3:2).
El acceso directo a la sabiduría de Dios también será un aspecto destacado de la educación en la eternidad. En la Tierra Nueva, ya no será necesario depender de medios indirectos o limitados para adquirir conocimiento y comprensión. Los redimidos podrán aprender directamente de la fuente infinita de toda verdad y sabiduría. 1 Corintios 13:12 afirma: "Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como fui conocido".
En última instancia, la relación cara a cara con Dios y el acceso directo a su sabiduría llevarán a los redimidos a una experiencia educativa incomparable, marcada por el asombro, la adoración y el deleite sin fin. Salmos 36:8-9 declara: "Se saciarán de la grosura de tu casa, y tú los abrevarás del torrente de tus delicias. Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz". Estos versículos sugieren que la presencia de Dios será una fuente inagotable de satisfacción y regocijo, y que el aprendizaje en la eternidad estará impregnado de gozo y maravilla (Sofonías 3:17). La educación en la Tierra Nueva alcanzará su máxima expresión en la comunión perfecta con Dios y en la exploración interminable de su infinita sabiduría y amor.
4.5. La aplicación eterna de las lecciones aprendidas en la escuela de la vida terrenal.
La Biblia nos enseña que las experiencias y lecciones de carácter que enfrentamos en esta vida tienen un significado y una repercusión eternos, lo que es crucial para nuestra preparación para la vida en la eternidad. Según 2 Corintios 4:17-18, las dificultades temporales que enfrentamos son vistas como una "leve tribulación momentánea" que nos prepara para "un cada vez más excelente y eterno peso de gloria". Este principio se refuerza en Santiago 1:2-4, donde se nos anima a considerar nuestras pruebas como una fuente de gozo, pues el proceso de enfrentarlas desarrolla perseverancia y madurez espiritual. Además, Romanos 5:3-4 nos recuerda que las tribulaciones son oportunidades para fortalecer nuestro carácter, preparándonos así para una identidad redimida y eterna que encontraremos en la Nueva Tierra.
En cuanto a la obediencia y dependencia de Dios, estas se presentan como aspectos esenciales para nuestro crecimiento espiritual tanto en la tierra como en la eternidad. Jesús en Juan 14:15 conecta nuestro amor por él con la obediencia a sus mandamientos, estableciendo una base para la comunión eterna con Dios, como se describe en Apocalipsis 22:3, donde se vislumbra un futuro sin maldición, en el que los redimidos sirven a Dios eternamente en gozo. Este marco de obediencia y servicio es fundamental para una relación armoniosa y continua con Dios. Por otro lado, Colosenses 3:12-14 enfatiza la importancia de cultivar virtudes como la compasión, humildad y paciencia, las cuales, aunque se perfeccionan en el contexto de relaciones humanas imperfectas, son esenciales para la armonía en la Tierra Nueva. Estas enseñanzas subrayan cómo nuestras acciones y elecciones actuales, imbuidas de amor y gracia, no solo modelan nuestra vida presente sino que también configuran nuestro futuro eterno, destacando que cada desafío y acto de amor tiene un propósito divino, como celebra Apocalipsis 5:11-13, en la glorificación eterna de Dios.
4.6. La educación adventista actual como un reflejo y anticipación de la realidad educativa de la Tierra Nueva.
La educación adventista se posiciona como un reflejo anticipado del modelo educativo que será plenamente manifestado en la Tierra Nueva, enfatizando que la aplicación de estos principios divinos en la tierra es crucial para nuestra futura existencia en un estado restaurado. Desde la creación, Dios instauró un modelo educativo integral en el Edén, caracterizado por la enseñanza directa de Dios a Adán y Eva, el desarrollo del carácter en armonía con los preceptos divinos, la interacción respetuosa y cuidadosa con el medio ambiente, y la convivencia pacífica en el paraíso. Estos elementos, descritos en Génesis 2:15 y 3:8, no solo configuraron la rutina diaria en el Edén sino que también establecieron las expectativas de Dios para la humanidad, un diseño perfecto interrumpido por el pecado. Sin embargo, la redención realizada por Jesucristo, como se evidencia en Juan 3:16 y Romanos 5:19, promete la restauración de este modelo educativo divino, asegurando que todos los que sean redimidos volverán a experimentar una relación plena y continua con el Creador en la Tierra Nueva, tal como se profetiza en Apocalipsis 21:3-4.
Dentro de este marco, la educación adventista contemporánea no se limita a la mera transmisión de conocimientos académicos sino que se enfoca en la restauración de los principios del modelo educativo original. Esto implica una profunda formación espiritual que incluye el desarrollo del carácter cristiano, reflejado en la mansedumbre, paciencia y amor descritos en Efesios 4:32, así como en la adquisición de conocimientos prácticos y teóricos que preparan a los estudiantes para ser ciudadanos responsables tanto en la tierra como en el cielo. La práctica de estos principios es fundamental, pues si no se vive conforme a ellos en la Tierra, será difícil adaptarse a la realidad de la Tierra Nueva, donde la presencia de Dios permea todos los aspectos de la vida. Además, la educación debe fomentar el respeto por el medio ambiente y la reconciliación de las relaciones personales, fundamentales para vivir en un mundo restaurado donde, según Apocalipsis 7:9, personas de todas las naciones convivirán en armonía.
Por tanto, es imperativo que la educación adventista sirva como preparación para la ciudadanía celestial, tratando los principios educativos no como meras normas terrenales sino como preparativos para la eternidad. Al practicar estos principios aquí—desarrollando un carácter conforme al de Cristo, cuidando la creación de Dios y viviendo en paz con nuestros semejantes—nos preparamos para vivir en un lugar donde dichos principios son la norma y no la excepción. Esto no solo anticipa la restauración de todas las cosas a su estado original, como promete Apocalipsis 21:5, sino que prepara a los estudiantes para participar activamente y sin reservas en la vida de la Tierra Nueva. La adhesión a estos principios divinos y su práctica diaria transforman las vidas de los estudiantes, moldeando no solo su experiencia académica y profesional sino también su crecimiento espiritual y moral, asegurando que estén preparados para la transición a la vida eterna bajo la directa comunión con Dios, como se describe en Apocalipsis 22:3-4, donde la educación continúa en una dimensión divinamente elevada y sagrada.
Finalmente, enfatizar que la educación adventista es una preparación para la ciudadanía en la Tierra Nueva, implica un compromiso serio con los principios divinos aquí y ahora. Este enfoque no solo transforma la vida estudiantil en términos académicos y profesionales, sino que moldea la experiencia espiritual y moral de cada estudiante, preparándolos para el reino de los cielos. En un mundo caído, la práctica de estos principios no es solo un acto de fe y obediencia, sino también una manifestación del poder transformador de Dios trabajando en y a través de nosotros, garantizando nuestra entrada y adaptación a la vida eterna en la presencia de Dios, donde la educación continúa en una dimensión aún más elevada y santa (Apocalipsis 22:3-4).
Conclusiones
La teología de la educación adventista se articula en torno a un marco bíblico que abarca la creación, caída, redención y restauración, ofreciendo una visión integral y esperanzadora que alinea la misión educativa con el propósito divino a lo largo de la historia de la salvación. Desde la creación, Dios instauró un modelo educativo que promovía la interacción directa y armoniosa con el ser humano en el Edén, un entorno perfecto para el aprendizaje y el desarrollo integral. Sin embargo, la caída introdujo una fractura devastadora en esta relación perfecta, afectando todas las dimensiones de la existencia humana y distorsionando el modelo educativo original. El pecado no solo alienó a la humanidad de Dios, sino que también corrompió las relaciones interpersonales y con el entorno, creando barreras para el aprendizaje y el crecimiento espiritual.
En respuesta a esta tragedia, Dios implementó un plan de redención mediante Jesucristo, cuyo sacrificio en la cruz ofrece la posibilidad de restaurar las relaciones rotas y renovar el modelo educativo hacia uno que refleje nuevamente los principios divinos. La educación adventista, en este contexto, se convierte en una herramienta crucial para preparar a los individuos no solo académicamente sino también espiritualmente para asumir su rol en la proclamación del evangelio y la preparación para la segunda venida de Cristo. Mirando hacia el futuro, la promesa de restauración completa en la Tierra Nueva motiva a educadores y estudiantes a adherirse fielmente a un modelo educativo que es un reflejo anticipado de la educación celestial. En esta restauración, el aprendizaje continuará bajo la tutela directa de Dios, sin las limitaciones impuestas por el pecado, en un estado de perfección redimida donde los principios del Edén serán plenamente vividos y experimentados eternamente
REFERENCIAS
Casiodoro de Reina 1959, revisada por C. de V. 1602 y otras revisiones: 1862, 1909 y 1960. (1960). La Santa Biblia.
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